La vida sigue

La vida sigue, te dicen. Tú acabas de dejar tu alma hecha cenizas en un incendio de proporciones nunca vistas, pero la vida sigue. Te retuerces de dolor y rabia por una pérdida irreparable, pero eso parece no importar, porque por lo visto la vida sigue y ese mantra es un ungüento sanador de todos los males de la humanidad. La vida sigue y el tiempo todo lo cura y no hay mal que cien años dure y no hay que mirar atrás sino adelante y si debe pasar pasará y toda esa mierda.

Porque sí. La vida sigue. Pero a lo mejor el que no sigue eres tú.

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Artaud

De una anticipación de no-ser
De una asesina incitación del tal vez
Surgió la realidad
Como de la contingencia que la fornicaba.

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Sentado en el regazo de una estatua de bronce

Sentado en el regazo de una estatua de bronce, dispararé a bocajarro sobre todo aquel que ose pasar, que ose respirar, que ose existir. La sangre que mane llegará al campo y lo abonará, y luego cortaré las flores para borrar todo rastro de mi crimen. Sentado en el regazo de una fría estatua, bajo la lluvia pesada de noviembre, de un noviembre no tan remoto, gritaré todo lo alto que pueda esperando que por mi boca salgan espíritus, buenos o malos, salgan humos, recuerdos, salgan pensamientos, salga mi cerebro podrido. En el tierno regazo de una estatua de bronce me acurrucaré a dormir por los siglos de los siglos, hasta echar raíces y quedar fundidos la estatua y yo, en un todo de carne y metal, de hueso y metal, de piedra y metal.

Porque es jueves y eso es todo, porque tengo todo y es nada, porque voy y vengo y acabo siempre en el mismo sitio, porque estamos todos solos y a veces se nos olvida, porque el tiempo se nos escapa entre los dedos y no hay forma de atraparlo, porque hay tanto, tanto, tanto dolor en el mundo, tanto sufrimiento, que a veces siento que peso un millón de toneladas, porque no recuerdo qué soñé anoche y ,sobre todo, porque esta mañana no me miraste al pasar, me sentaré en el amoroso regazo de una estatua de bronce empuñando mi revólver a disparar a todo el que ose no ser tú.

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Creep on creepin’ on

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Salvación o condena

Toma, dijo la bondadosa sirena. Y ofreció al náufrago una barca. El náufrago en lugar de subirse la agarró y batió sus pies hasta alcanzar la costa.

Y sin embargo él no sabía que la barca estaba agujereada por mil sitios ni que, de haberse subido, se hubiera hundido en pocos segundos. Lo supo al llegar a tierra, cuando se dispuso a destrozarla para encender un fuego en el que calentar sus huesos. Aún así, le guardó eterna gratitud a su sirena.

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Truenos

Mientras fuera el aire estalla, con las ventanas abiertas disfruto del olor a tierra húmeda. Todavía no ha empezado a llover.

He leído que los olores son tan evocadores porque la zona de la corteza cerebral encargada de analizarlos está cerca del área de la memoria. Lo cual me hace reflexionar sobre la existencia de una parte determinada de nuestro cuerpo que guarda nuestros recuerdos. Nuestros recuerdos no están, como debieran, diseminados por el cuerpo: deberíamos almacenar las comidas con la boca y la nariz, deberíamos almacenar la música en los oídos, debería recordarte en mis labios.

Por contra, existe una región determinada donde se encuentran almacenados, todos juntos y revueltos, nuestros recuerdos, que así se mezclan, pudren, amasan y confunden. ¿La película que vi ayer puede estar jodiendo algún recuerdo de mi infancia en estos momentos? La cara de mi abuelo, la jaula del canario, la panera con las servilletas, los domingos de tabaco y cartas…”hasta donde alcanza mi memoria, los olores y la luz soldaron mis primeros recuerdos”.

Si esa zona del cerebro, ese almacén caótico de proporciones bíblicas, sufre un accidente serio, ¿lo perdemos todo?. Si perdemos nuestros recuerdos, nos perdemos a nosotros mismos, a nuestra identidad. La memoria nos forja. Preferiría estar muerto. O no. O inventar una nueva identidad, un nuevo Yo. Una vida nueva.

Pensamiento final: Estoy seguro de que, en una cata ciega, reconocería inmediatamente el sabor de la leche materna.

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Fuera

Siento la necesidad de volver dentro de mi, lo cual unívocamente significa que llevo mucho tiempo fuera.

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