Truenos

Mientras fuera el aire estalla, con las ventanas abiertas disfruto del olor a tierra húmeda. Todavía no ha empezado a llover.

He leído que los olores son tan evocadores porque la zona de la corteza cerebral encargada de analizarlos está cerca del área de la memoria. Lo cual me hace reflexionar sobre la existencia de una parte determinada de nuestro cuerpo que guarda nuestros recuerdos. Nuestros recuerdos no están, como debieran, diseminados por el cuerpo: deberíamos almacenar las comidas con la boca y la nariz, deberíamos almacenar la música en los oídos, debería recordarte en mis labios.

Por contra, existe una región determinada donde se encuentran almacenados, todos juntos y revueltos, nuestros recuerdos, que así se mezclan, pudren, amasan y confunden. ¿La película que vi ayer puede estar jodiendo algún recuerdo de mi infancia en estos momentos? La cara de mi abuelo, la jaula del canario, la panera con las servilletas, los domingos de tabaco y cartas…”hasta donde alcanza mi memoria, los olores y la luz soldaron mis primeros recuerdos”.

Si esa zona del cerebro, ese almacén caótico de proporciones bíblicas, sufre un accidente serio, ¿lo perdemos todo?. Si perdemos nuestros recuerdos, nos perdemos a nosotros mismos, a nuestra identidad. La memoria nos forja. Preferiría estar muerto. O no. O inventar una nueva identidad, un nuevo Yo. Una vida nueva.

Pensamiento final: Estoy seguro de que, en una cata ciega, reconocería inmediatamente el sabor de la leche materna.

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