Salvación o condena

Toma, dijo la bondadosa sirena. Y ofreció al náufrago una barca. El náufrago en lugar de subirse la agarró y batió sus pies hasta alcanzar la costa.

Y sin embargo él no sabía que la barca estaba agujereada por mil sitios ni que, de haberse subido, se hubiera hundido en pocos segundos. Lo supo al llegar a tierra, cuando se dispuso a destrozarla para encender un fuego en el que calentar sus huesos. Aún así, le guardó eterna gratitud a su sirena.

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